25.6.09

Adagio


Dentro de la cajita de música daba vueltas una bailarina, como en la gran mayoría. Quizá el simple tópico que suponen sea lo que les da un aire especial. Las notas saltaban en un gran círculo anaranjado, al son del giro de la muñeca. La voz de él encandilaba a la cajita y a la bailarina, y la habitación se teñía de calor con el vibrar grave de su garganta. Voz cobriza y profunda, sus palabras marcaban el ritmo de la danza del mundo. Ella le miraba atenta, tratando de atrapar todos los sonidos en un solo instante. Tras un par de compases de escucha, comenzaba a cantar, alegre. Cantaba un aria de gratitud, de sentirse protegida en esa voz que todo lo envolvía. Solo sentía paz.


Ayer viste un edificio agazapado
tras los cipreses escarpados.

Te miraba furioso,
celoso quizá de tu fortuna
y se le encendían los ojos.

Ajeno a todo
o más consciente que nunca del mundo
estabas tú,
revelado en blanco y negro,
con el sol poniéndose en tus pupilas.

De tu mano una mujer
se aprendía de memoria
cada detalle de tu piel,
tratando de impregnarse de ti
hasta que volviera a verte.

3.5.09

Vida

Se quedó inmóvil frente al espejo y observó la cuadrícula de azulejos blancos tras él. El baño brillaba con luz de quirófano. Dejó caer sobre el lavabo una pecera redonda y entre los añicos vio girar aleteando a su único habitante. Esperó una vuelta y dos vueltas, y las que se tomó para desaparecer por el desagüe. Luego apagó la luz y salió como había entrado.

27.4.09

La risa del madroño gorgoteaba a lo lejos, en la esquina oeste de algún seno venoso.

Y caía en palabras empapadas como un cuentagotas.



4.3.09

Miércoles

Esta tarde te pediría
que me subieras a ese raíl de tu sonrisa,
que me miraras de reojo,
que me regalaras un pedacito de vida.

Te pediría
que inventaras un mar de deseos,
que imaginaras un sabio corcel,
un girasol despistado,
una lágrima helada,
y una sábana de besos.

En esta tarde te pediría
lo que eres cada tarde.
Sólo.
Tú.

30.1.09

[En] Blanco

La nieve te escupe directamente a los ojos.

Asco.

Cielo mudo, suelo mudo.

Y desearías que te escupieran también.

La indiferencia.

Día en blanco.

La gente se esconde bajo el abrigo.

Para no mirarte a la cara.

Tu fracaso.

No va a dejar de nevar.

Aunque la rabia te intoxique.



A lo mejor los copos te hacen cosquillas.

Absurdo.

Solo te puedes reír.

Ceguera.

Pararse y oír al suelo, al cielo.

Escuchar los murmullos de los abrigos.

Día blanco.

15.1.09

Impotencia, Indiferencia


Oscuro tinte,

indolente ocultador, sicario
¿de la intención,
o de la ficción de uno mismo?
No tienes sentido,
en los mismos términos
te deshojas, mostrando
tu intención;

o tu ficción.

14.12.08

Numo

Numo era bajito y llevaba una gabardina. Siempre. Las gabardinas son impermeables y no dejan que cale la lluvia.


También llevaba siempre sombrero de copa. Sabía que los recuerdos llevan un paracaídas, y cuando menos se lo espera uno, saltan desde la coronilla y aterrizan en cualquier otro mundo.




Numo solo comía lacasitos rojos. Bien sabido es que son buenos para la memoria. Guardaba los de otros colores en tarros vacíos de mermelada. Estaban apilados llenando las paredes de su habitación. Y tenía una memoria de elefante.



Desde su cama podía asomarse a una ventanita de bohardilla. Sacaba la cabeza en su tejado y miraba a su alrededor a otros tejados destartalados con otras ventanitas de bohardilla. Sabía que debajo de cada una latía una respiración.





Ayer, en mitad de la noche Numo se despertó. Mil gotas llamaban en su cristal. O quizá sonaran dentro de su sombrero.






Le pesaba la cabeza y tenía tapados los oídos. Separó un par de lacasitos rojos, se los metió en la boca y se sentó en la cama a pensar.


Numo tenía memoria de elefante.


Le costaba mantener la cabeza erguida, porque a cada minuto le pesaba más. Unas espirales en las sienes y detrás de los ojos le estaban empezando a doler.




Numo pensaba, pensaba, y sus pensamientos traqueteaban contra el ala del sombrero. Cada vez se golpeaban más fuerte, y algunos se hacían añicos al chocar. Se llevaba las manos a la cabeza para sujetarla bien; pesaba mucho y el sombrero amenazaba con caerse.



Las sacudidas le bajaban por los brazos, que apenas tenían fuerza ya. La habitación entera vibraba, algunos tarros caían y bañaban el suelo de colores. Todos menos el rojo.




Los lacasitos botaban sobre la tarima como si tuvieran vida propia, las vigas crujían en el techo.



Entonces el sombrero salió despedido y quedó inmóvil en una esquina. Y todo enmudeció, y se paró el tiempo.




Numo lo vio. No había ningún sombrero. Un elefante le miraba con ojos brillantes.




Y vio sus ideas derramarse.



Descubrió que los besos son amarillos y a veces sonríen desde la copa de un árbol.




Que las palabras pueden meterse en la nariz y le hacen a uno estornudar.



Que las sonrisas pueden estar escondidas en un baúl de cacahuetes, y al coger un puñado uno puede tener la suerte de llevarse una o dos entre los dedos.




La ventana se había abierto y el agua entraba en un cuadrado de su memoria. Numo se quitó la gabardina y dejó que le empapara la espalda, y después la cara, y la risa. Y se dejó caer entre lacasitos de colores. Todos menos el rojo.