La risa del madroño gorgoteaba a lo lejos, en la esquina oeste de algún seno venoso.
Y caía en palabras empapadas como un cuentagotas.
La nieve te escupe directamente a los ojos.
Asco.
Cielo mudo, suelo mudo.
Y desearías que te escupieran también.
La indiferencia.
Día en blanco.
La gente se esconde bajo el abrigo.
Para no mirarte a la cara.
Tu fracaso.
No va a dejar de nevar.
Aunque la rabia te intoxique.
A lo mejor los copos te hacen cosquillas.
Absurdo.
Solo te puedes reír.
Ceguera.
Pararse y oír al suelo, al cielo.
Escuchar los murmullos de los abrigos.
Día blanco.
Numo era bajito y llevaba una gabardina. Siempre. Las gabardinas son impermeables y no dejan que cale la lluvia.
También llevaba siempre sombrero de copa. Sabía que los recuerdos llevan un paracaídas, y cuando menos se lo espera uno, saltan desde la coronilla y aterrizan en cualquier otro mundo.
Numo solo comía lacasitos rojos. Bien sabido es que son buenos para la memoria. Guardaba los de otros colores en tarros vacíos de mermelada. Estaban apilados llenando las paredes de su habitación. Y tenía una memoria de elefante.
Desde su cama podía asomarse a una ventanita de bohardilla. Sacaba la cabeza en su tejado y miraba a su alrededor a otros tejados destartalados con otras ventanitas de bohardilla. Sabía que debajo de cada una latía una respiración.

Ayer, en mitad de la noche Numo se despertó. Mil gotas llamaban en su cristal. O quizá sonaran dentro de su sombrero.
Le pesaba la cabeza y tenía tapados los oídos. Separó un par de lacasitos rojos, se los metió en la boca y se sentó en la cama a pensar.
Numo tenía memoria de elefante.
Le costaba mantener la cabeza erguida, porque a cada minuto le pesaba más. Unas espirales en las sienes y detrás de los ojos le estaban empezando a doler.
Numo pensaba, pensaba, y sus pensamientos traqueteaban contra el ala del sombrero. Cada vez se golpeaban más fuerte, y algunos se hacían añicos al chocar. Se llevaba las manos a la cabeza para sujetarla bien; pesaba mucho y el sombrero amenazaba con caerse.
Las sacudidas le bajaban por los brazos, que apenas tenían fuerza ya. La habitación entera vibraba, algunos tarros caían y bañaban el suelo de colores. Todos menos el rojo.
Los lacasitos botaban sobre la tarima como si tuvieran vida propia, las vigas crujían en el techo.
Entonces el sombrero salió despedido y quedó inmóvil en una esquina. Y todo enmudeció, y se paró el tiempo.
Numo lo vio. No había ningún sombrero. Un elefante le miraba con ojos brillantes.
Y vio sus ideas derramarse.
Descubrió que los besos son amarillos y a veces sonríen desde la copa de un árbol.
Que las palabras pueden meterse en la nariz y le hacen a uno estornudar.
Que las sonrisas pueden estar escondidas en un baúl de cacahuetes, y al coger un puñado uno puede tener la suerte de llevarse una o dos entre los dedos.
La ventana se había abierto y el agua entraba en un cuadrado de su memoria. Numo se quitó la gabardina y dejó que le empapara la espalda, y después la cara, y la risa. Y se dejó caer entre lacasitos de colores. Todos menos el rojo.
2 de mis dedos tratan de despegar el troquel. Nunca se creyeron el placebo del abrefácil, siguen impregnándose de tropiezos. Al fin ganan la batalla, y descubren el bombón vestido de nostalgia y relleno de esperanza. 2 son las ventanas de cartón que me miran desde la mesilla, que me recuerdan cada hora que llevo sin respirar. 2 veces ha tenido que gritar hoy el despertador para arrancarme de tu lado y sacar las plantas de mis pies al frío del pasillo. 2 cucharaditas de café para camuflar los posos del cansancio, para ocultar que nos dieron 2 veces las 2, y que no sé arrepentirme por ello. Y 2 caricias me recorren, la tuya, la mía, ¿o no son 2?
Vivo en una caja para personas. Es un cuadrado perfecto y no tiene tapa. Nosotros no nos escapamos. El techo es cielo negro de salón de actos con una bola blanca que dice tener cara de luna.
Las cajas a veces guardan sorpresas, aunque nunca dejan de ser cajas. Esta ahora está custodiada por una veintena de paquetes enormes de papel. Proyectan sus formas torpes rodeándose de luz naranja.
Pasan caras de noviembre, enfundadas en abrigos y cogidas del brazo. Sonrisas de frío, pasos ligeros, se cruzan desde todas las direcciones. Pero no dicen nada, todas tienen su cometido en la caja. Y yo también debería tenerlo.
Las campanadas me sacan de este mundo iluminado. Se ha hecho la hora. Me dirijo a una esquina y doy por terminada mi tarea de hoy. Mi caja es un cuadrado perfecto y no tiene tapa. Nosotros no nos escapamos.
El cielo lleva hoy
un alma de plomo.
Se abraza a las ventanas.
Ajeno a las personas.
Mil ojos amarillos sonríen
desde las copas de los árboles.
Ajenos al otoño
que cruje bajo mis botas
y se mete en mis pulmones.
Duele pisar esta alfombra
de pensamientos marchitos
que yacen empapados.
No quieren volver…
Al cruzar la calle, espero a que el tranvía doble la esquina delante de mí. Pasa tan cerca que podría tocarlo si estirara el brazo. Camina tranquilo, como un enorme gusano que se va comiendo la ciudad. Es el dueño de la calle y lo sabe muy bien.
Pasan ventanas cargadas de gente, y finalmente gira entero y desaparece. Pero ahora ya no está la calle. Todo ha empezado a girar con el tranvía. Giran los cables, las casas, las bicicletas y los adoquines. Siguen ese movimiento lento que los va a llevar al mismo sitio una y otra vez. Este es el tiovivo en el que tantas veces he entrado.
Me dejo llevar por el suave movimiento bajo mis pies. Mecida en estas vueltas veo soldados de plomo e infinitas canicas. Veo cortinas rojas que tiemblan a la luz de unas velas.
Quizás aprenda hoy cómo se abre un cacahuete...
Sombras que se esconden
dentro de las sombras.
Avanzo por los
intrincados corredores
entre la bruma de
voces, recodos, ideas,
formas, esquinas,
proyectos, café,
secretos, risas…
Ecos de hormigón y cristal,
retumban las pisadas
latiendo los segundos
que tardaré en llegar.
Los adoquines relucen
los restos del verano.
Una silueta camina
calle arriba.
Paso decidido,
paso desenfadado.
Solo puedo ver su sombra,
cuesta arriba,
desafiando
a los restos del verano.
Palpita el sol sobre el suelo,
latiendo los segundos
que tardarás en llegar.